Abdul: “El Pelón” Alzhared

Interpolando ideas

Abdul: “El Pelón” Alzhared

Hace unos días escribí este texto para participar en una dinámica en donde se exponían relatos que fueran ejemplos de buenos ciudadanos, se los comparto tal cual lo mandé de acuerdo a las bases del concurso.

Abdul

Soy un buen ciudadano, acepté al “Pelón”. Cuando recién llegaba a vivir al D.F, la ciudad más temida por los provincianos, esperaba encontrar todo tipo de personas; entré a mi primer clase en la UNAM y entre la diversidad observada, hubo un par fuera de esquema, uno de ellos era el “Pelón”, un tipo “rudo”, moreno, serio, callado, con la mirada pesada, pelón (obviamente); hosco, en pocas palabras. Yo, como buen veracruzano, al momento de presentarme saludé y ofrecí mi casa a cualquiera que pudiera necesitarla, esperaba todo, menos que él me la pidiera, no quería que pasara, sin embargo, un semestre después(febrero 2010), una lluvia que inundó Nezahualcóyotl, lo hizo buscar ayuda pues no tenía en donde dormir; y si, acudió al gentil veracruzano que una vez se expresó solidario, acudió a mi. No tuve más remedio que aceptar; al fin, solo serían 3 días en lo que bajaban los niveles del agua. La primera fue una mala noche, no sabía si iba a robarse algo, o si gozaba de plena cordura; las siguientes fueron sorpresa.

Había pasado una semana y seguía ahí, después de haberse comido todo lo que había en el refrigerador, de haber acabado con los insumos sanitarios y de haber medio descompuesto el colchón donde dormía, ya ansiaba el momento en que él se fuera a ir, sin embargo, me pidió más tiempo y accedí, creí que debía sostener mi palabra, y así fue.

Pasaron los días, y cada uno escuchaba una parte de su historia, me mostraba parte de su vida. Inició contándome acerca del niño de 5 años, que como último recuerdo de su padre, tenía el momento en que robaba la casa en donde vivían, y así, al ver que llevaba cosas de su mamá, decidió obsequiarle también el juguete que tenía sus manos, el padre sin pensarlo se lo llevó. Fue el mismo niño que entró 2 años antes a la primaria, en una zona en donde el (ahora) bullying da miedo, a una edad en que un año si determina tu fuerza y tamaño; y que a pesar de su condición vulnerable siempre defendió a su hermano, aunque fuera el mismo hermano quien en ocasiones lo molestaba con amigos más grandes, qué importaba, había que divertirse. El joven que siempre respetó a su abuela y a su madre. El niño que vivió pérdidas durante el terremoto de 1985. Mi compañero, el que en un fin de semana, cuando unos vecinos de cuarto incendiaron su espacio (llamaradas de 2 metros), apagó el fuego a cubetadas de agua, salvó la casa, salvó a Don Carlos, Lupita, Tesuka y Kiba (mi casero, su esposa y sus mascotas), salvo mis cosas. Aquel amigo que no ansía la riqueza, que no ansía el poder, aquel amigo que implora tranquilidad. Aquel ciudadano que los policías cotidianamente detienen para revisiones y cateos, curioso porque aquel amigo no toma, y menos fuma, es puro deporte, 10km diarios, no importa el lugar, pero eso si con los mismos tenis de hace 10 años, como él decía “aún aguantan carnalito”. Aquel amigo que es pura lectura, y que en la ausencia de T.V. escuchó radionovelas y desarrolló la imaginación. Aquel “hermano mayor” que no tuve y que no dista de la concepción que tengo de uno.

Como dije arriba, las siguientes noches fueron sorpresa, 4 años sorprendiéndome la forma como soportaba los prejuicios de esta sociedad.

Hoy puedo decir sin equivocación, que el Pelón me salvó, no de un incendio, ni de una inundación, ni de la aburrición, ni de la ignorancia, me salvó del prejuicio y me invitó conocer LA TOLERANCIA.

Lo más curioso del relato es que suena increíble; esto dicho por algunos amigos que constatan la historia.

Alejandro, como en realidad se llama “El Pelón” dijo que suena bien, solo que un poco rápido para tantos años de vida, ni hablar, tenía que limitarme a 600 palabras. Ya habrá tiempo de platicarles a detalle todo lo que a mi no me deja de sorprender, su historia y la de tanta gente que conozco diario.

 

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